La silla

Hacía tiempo que se le había quebrado una de las tablas. Estaba inutilizada, plegada junto a la heladera. Dora, la señora de la limpieza, siempre activando contra mis dejadeces, la sacó un día de su mal escondite y me miró seria diciendo: "Y con esto qué hacemos". Resignado contesté: "Repararla". Me dijo que tomara las medidas y que ella me traería una tablita de una carpintería cercana a su casa para que yo la clavara. En fin, tomé las medidas, trabajo sencillo: largo, ancho y espesor. Dora encargó la tablita pero cuando fue a retirarla se peleó con el carpintero, así que regresó sin la tabla.
La necesidad de arreglar la silla ya estaba instalada. Fui a Easy a conseguir una tabla. Las había del mismo ancho pero todas de mayor espesor, consulté a un empleado que agachado acomodando artículos varios dejaba leer en su espalda "Estoy para ayudarlo", luego de explicarme que no contaban con cepilladora para rebajar el sobrante, contestó a mi pregunta sobre una carpintería cercana: "Aquí nomás en J.B.Justo hay varias, caminá tantas cuadras, así y asá."
Caminé con la silla, que ya había paseado en tren desde Belgrano R a 3 de febrero y ahora era portada a sangre por J.B.Justo. Me metí en una tienda de artículos de camping. Un empleado me indicó que a la vuelta había una carpintería.
Era un local chico con mueblecitos en exposición en la vereda.
Me atendió la carpintera, una mujer de ojos azules. Después de probar con varias maderas halló una que encajaba, acordamos el precio y me pidió la llamara a las seis para ver si la silla estaba lista. Le di la mano, me preguntó el nombre y me dijo el suyo, A.
Volví a casa. Llamé a las seis menos cinco y A. me anunció que pasara que la silla estaba lista.
En Cabildo tomé el 152 que me dejaba a cinco cuadras de la carpintería.
En el trayecto sentí un malestar que me oprimía el pecho con una sensación de naúsea previa al vómito.
Respiré. Me enderecé. Y como pude, aminoré la descompostura, sin embargo presente.
Recuerdo muy bien haber pensado en alguien, yo mismo porqué no, que viajando en colectivo comienza a sentirse mal y sabe de alguna forma que va a morir allí. En ese momento miré hacia la vereda, el bus estaba detenido, vi una verdulería con las frutas y verduras acomodadas, y pensé no está mal morir así, yendo en colectivo en una tarde diáfana, fresca, viendo la vida ordenada y brillante de las cerezas y la pila de cuartos de sandía entre pirámides de naranjas ... de pronto se sentó a mi lado un hombre elegante que apoyó un sobre rectangular en sus rodillas y sacó del mismo unas fotos apaisadas en blanco y negro que se puso a observar con detenimiento. Miré directamente las fotos que se sucedían.
En el asiento trasero una madre joven se reía y hacía cosquillas a un nene que chillaba de placer…
Bajé ya repuesto. Y respiré el aire fresco. Caminé...
Llegué a la carpintería animado y A. me mostró la silla reparada diciéndome "el pájaro va gratis".
En la tablita, que ella había colocado estaba la cabeza de un pájaro en un nudo de la madera, neta, con el ojo mirando de costado como miran los pájaros, las plumas en remolinos de la cabeza de los pájaros, en fin...
Me dijo "la madera es así, descubrís cosas sorprendentes, y son para siempre". Este pájaro por ejemplo: cuando lo descubriste, cuando lo viste una vez, no te abandonará, estará ahí siempre... Mi cabeza iba rápida, pero me guardé mis comentarios, yo también tenía el ojo entrenado para ver "pájaros" en la pared, mandalas perfectos en los azulejos del baño, o rostros en manchas y vetas de materias varias.
Bien, me llevaría un pájaro a casa en la silla arreglada.
La seguí escuchándo, cada tanto mirando sus ojos que brillaban. Pagué su trabajo me despedí y salí.
Subí al 67, contento, con mi silla a cuestas.
Cuando estaba por entrar a casa un pájaro de pecho amarillo me sobrevoló rasante para perderse en la tarde.

Matrimonio

Cuando Marta le pidió el encendedor se dio cuenta que en realidad le estaba por pedir algo cuya respuesta natural sería un no pero que ella se encargaría de transmutar en si con un dominio sobre él que le hacía saberse absorbido por completo y contento que ella decidiera.
-¿Me pasás el encendedor porfi? Ah, gordito me prestás ...
-Lo que quieras bichito.

La noche

Abro la puerta y me zambullo en la casa líquida donde libros iridiscentes florecen poemas que escapan frases que alumbran de azul tenue la tv que refleja la colcha colorada donde vuelan pajaritos de Oaxaca. Tu voz bien guardada en el contestador automático. Humo de cigarrillo flotando en el balconcito de la cocina donde dos tazas blancas saben que no vendrás. Caigo en la cama ... tobogán de vidrio hacia el sueño. Inundaciones, fluidos y rectas me hunden en la noche écran donde se pliega el tiempo.

Solidario

Las dos enanas habían salido a la siesta con el calor quemando los adoquines porque no les quedaba más remedio ya que a esas horas precisamente el calor vaciaba las calles y corrían poco peligro de ser vistas, cosa que considerando su tamaño ocurría todo el tiempo, pero las enanas son paranoicas y estas eran gemelas. Gemelas y soberbias al máximo. Sus padres habían muerto en alta mar y ellas siguieron hasta la muerte de su abuela al cuidado de esta, que no precisó ni en sus últimos años cuidado nunca de nadie, y que lo brindó a las huérfanas como sabía, con orgullo de casta que separa del mundo y con dinero que ensordece los reclamos. Las hermanas nunca se vieron en un espejo ni conocieron a otras niñas hasta que ya adolescentes muerta la abuela supieron que eran enanas, puesto que nunca habían asistido a una escuela la enseñanza que recibieron de los labios y el perseverante oficio de la institutriz alemana en la biblioteca de la quinta de la que nunca habían salido fue vasta; y, les dio esa chispa de inspiración que las llevó luego de verse en el espejo interior del armario del cuarto de la difunta directo a la enciclopedia donde se hallaron dibujadas y definidas. Enseguida lo dispusieron todo despidieron a la germana y a las criadas, llamaron al escribano encargado de administrar la fortuna que les correspondía y se trasladaron a la suntuosa casona del centro. Contrataron a través del escribano a dos muchachas para todo servicio y se decidieron a viajar para conocer mundo. Pero el escribano y las dos muchachas planeaban envenenarlas con fines más que obvios. Las enanas tenían el olfato nervioso de los conejos y como el camaleón despistaban camuflándose, no gracias al cambio de colores sino al duplicado de lo mismo, así fue que el ser idénticas las salvaría. Gracias a sus oídos diminutos hechos para los ruidos más sutiles, y al alerta constante de aquellos que necesitan estar a gran distancia de los predadores de mayor porte, en este caso casi todos los humanos mayores de cinco o seis años, se habían enterado del complot contra sus poco voluminosas existencias y aprovechando la ausencia de una de sus guardianas y los extremos de un largo pasillo desorientaron a la otra y huyeron para ir a parar a mis espaldas esta tarde de calor que lo quema todo. Y yo voy caminando rápido pegándome a la pared sombreada por los aleros cuando siento de pronto en cada manga del saco la presión que podrían ejercer los brazos de dos niñas, cosa que creo que son cuando me doy vuelta y veo a dos liliputienses de unos diecinueve años, idénticas en todo, iguales los rostros, doble el vestidito de terciopelo y cuatro los zapatitos de noche negros repiqueteando histéricos en la vereda pidiéndome también auxilio.
Me las llevé a casa y por eso te consulto ya que como abogado nos podrás asesorar legalmente ...

Construyen

Veo a estos hombres parados en el techo de la torre que casi es, y será, una más en el asedio. Caen las casas, a veces caen con ellas árboles y plantas, y vienen con la caída más torres, con su gente con coches y perros y niños; y, yo desde mi balcón con el sol en la cara frente a quienes sin saberlo en las alturas preparan los pertrechos para la ofensiva final.

CONTROL

Cuando salía pensó que lo miraban desde algún piso enfrentado al suyo. Cerró las ventanas y salió a la calle donde el paseador de perros cruzó la esquina de la boliviana que vende frutas acomodadas en cajones apoyados, "espejito" en términos de los que juegan a las figuritas, al muro. De costado el color de las naranjas y el verde de los puerros le regaló un rayo efímero que se diluye cuando rápido ve, sabe que debe ser y es, a un tipo salir del edificio donde debe vivir y vive en algún piso enfrentado al suyo. Siente que lo mira, es increíble como la mirada cuando está bien colocada en la mente mira, como ve el animal en el bosque, la distancia precisa. Sigue caminando bajo la sombra de los árboles de esta calle que tienen 100 años, le encanta pensar eso; y dobla hacia la estación de tren que limita la plaza. Tomará el tren y volverá cuando se empiece a ir la luz medio mezquina de finales del invierno, y abrirá las ventanas para ver desde arriba el techo verde de las copas de los árboles de 100 años, y sentirá que lo miran; como lo siente el ciervo en el cuello y en las narinas, en el alerta de estar vivo.

"Alka-Seltzer"

En la biblioteca las dos empleadas, cincuentonas o en vías de serlo, tostadas de más y excitadas charlan a los gritos.
Gesticulan haciendo poco caso de los pedidos de los lectores, y escuchan sólo una palabra, clave para poder obviar el resto del mensaje, esto es la parte humana del mensaje.
Por otra parte forma usual de comunicación: comunicación verborrágica sin ida y vuelta, guaranga, mercenaria en su egoísmo alimentado por la televisión, el zapping, la crisis perpetua, la humedad y el querer estar siempre en otra parte ... "ya me van ver", "que saben estos muertos de hambre", "yo en Miami, con esta pinta y con lo que me costaron estos biceps en el gym", maledicencia de barrio, mala leche de jugador de fútbol alerta de la debilidad del otro. Escuchando lo mínimo de los lectores, víctimas momentáneas del efecto post-vacaciones, para evitar la realidad como en un conjuro infantil. Cuanto más rápido hablen y menos piensen -apretá fuerte el puñito, aferrate a la muñeca, cerrá los ojos y se pasa el miedo, se pasa nenita- la ilusión de plenitud física y recuperada juventud -los cuerpos, las risas de dientes blancos de los verdaderamente jóvenes en la playa- durarán. Si ellas con esa energía interna y con esa vitalidad vacacional estuvieran en esos cuerpos.
-¿"Un mundo feliz"?, mnn, me parece que no, le dice segurísima a la adolescente que delicada le muestra la ficha.
-Si acá está ...
-Ah sisisisí, claro, espeta descarada con su pinta de haber conocido mejores tiempos, mejor pasar y hasta esperanzas de futuro.
De repente, mientras con mis libros estoy subiendo hacia la planta superior, escucho a la otra empleada, más gordita, más vulgar, lanzar al aire:
-¡Quiero ser la mujer maravilla! y la veo dar unas vueltas sobre sí grotesca, gastando la última reserva de energías del orgasmo anual que le procuró su marido en el caluroso hotelito costero pensando seguramente en las chiquilinas infernales que se vuelven reales mientras palmea el hombro de su amigote "no sabés un despelote y me miraba la guachita" ... y el infaltable y quimérico "si la agarro ...".
Me pierdo en el recodo de la escalera pensando que ya se encargará el año de llevarse el bronceado, la energía súbita y el prestado estado de plenitud, lentamente, día a día, ficha a ficha, tedio y menopausia municipal ...
Cuando bajo de la planta alta las veo tomando un cafecito sin notar a José Mármol que desde una litografía percudida con una carita entre cómica y triste las mira con la expresión de esos retratos viejos que -tecnología por medio- hacen hablar en la tv para vender cualquier producto ... detergente, un plan de salud, los servicios de un banco o el remedio efectivo contra la acidez estomacal.

El inglés abrió la puerta

Estaba por cruzar cuando la vio unos metros más atrás por la vereda de enfrente. Cruzó excitado y metió la llave empujando la puerta de calle dudando si dejársela abierta, - hace tanto que me seguís - pensó al cerrar. Se dirigió al ascensor. Cuando abría el fuelle metálico el inglés del quinto entraba con un diario en la mano. Creyendo que lo saludaba, saludó haciendo un gesto que invitaba a compartir el ascensor. Le pareció escuchar un "suba, suba tranquilo" con cierta aprensión educada en la voz del otro mientras lo veía dejar el suplemento deportivo, que el encargado recogería luego, en el descanso de la escalera que hacía las veces de buzón abierto ... muchas veces el goleador de la semana a todo color yacía entre cartas y facturas de servicios varios.
Apretó el nueve mientras hacía un rápido inventario de la compra que llevaba en dos bolsitas blancas iguales –café, manteca, azúcar, bananas, naranjas, pan, ... – una vez en su piso sacó el llavero y al sentir un ruido familiar abajo recordó que debía las expensas. Se asomó por el hueco de la escalera y le gritó al encargado que bajaba limpiando piso a piso - esperame que tengo algo para vos. El muchacho venció la distancia que los separaba silbando y escobillón en mano apareció sonriente de uniforme marrón para quedarse de golpe estático, serio y mirándolo fijo.
Entonces la vio... reflejada en el vidrio cuadrado que enmarcaba en rojo la manguera de incendios. Quiso llamarla pero no pudo, no le salía la voz... El reflejo le devolvió enseguida su propia imagen con el brazo del encargado sobrevolando su cabeza - Disculpe, pero era un bicho así de grande - marcando el “así“ entre sus manos separadas - mire ahí va - señalando el aire el muchacho se rió mostrando los dientes.
Mientras le daba los billetes recibiendo un gracias y el recibo que el encargado sacó de su bolsillo trasero la vio huir escaleras abajo. Quizás esta vez lo abandonaba para siempre.